viernes, 31 de octubre de 2014

Ayer volví a casa.

Las buenas costumbres no deben perderse nunca y yo ayer me sentí como en casa, creedme.  Fue llegar y ver la luz que me ha guiado todos estos años, la esperanza de saber que todo sigue igual y la desilusión de sentirte fuera de esas paredes, aun estando muy dentro. Ayer fui el gorrión que vuelve al nido, porque todo lo que te marca siempre perdura y nunca he sido tan feliz como subiendo esas escaleras, otra vez.
Dicen que todo pasa y pesa hasta que deja de pesar, te olvidas y rehaces tus días en otros espacios, otro tiempo, otra compañía, pero el solo pensamiento de no volver a sentarme en esas aulas me hiera un poco por dentro, miento, me hiere bastante. Sí, las buenas nuevas etapas, la vida universitaria como la mejor época, sí; pero me siento tan ligada a mis últimos once años que me resulta tarea imposible reinventarme y dejarlo todo atrás sin más recuerdo que una carta donde intenté resumir todo lo que han sido y serán siempre para mí, porque uno es de donde hace el Bachillerato, ya lo decía Max Aub.  Tras la oleada de recuerdos de ayer, no pude evitar releer dicha carta porque sigo pensando que es la mayor cantidad de frases sinceras que he escrito en mi vida, porque fue así, tal y como está plasmado y hoy, me veo obligada a añadirla aquí, quizá porque me hace falta volver más de vez en cuando, quizá porque una parte de mí sigue allí.

<< Esto se acaba. Y no quiero parecer tajante y fría porque, en realidad, soy la más sensible con estos temas pero llevamos nueve meses ansiosos porque esto termine y ahora, al menos yo, es lo último que quiero y soy incapaz de asumirlo. 
Este curso ha sido cerrar los ojos en septiembre y abrirlos a 20 de mayo. Como separarnos sin avisar ni darnos tiempo a reaccionar de todo a lo que llevamos unidos once años. Llevábamos arropaditos tanto tiempo que este segundo de Bachillerato ha sido como los cinco minutitos antes de salir de la cama, como el “¡Espera, Luis, espera!” al terminar un examen porque no te da tiempo a acabar el tema de Neoclasicismo, qué novedad. 
Pongo la mano en el fuego y no me quemo si digo que de aquí me llevo lo mejor que tengo: libros útiles que probablemente no vuelva a utilizar y otros de los que no me separo; personas que llegan sin avisar y se adaptan al corazón como la música a las teclas de un piano; que nunca está de más entregar algún comentario voluntario, no vaya a ser que le falten; que el Día del Libro solo es viable la lectura de El Quijote y de Platero y yo; las primeras y últimas nociones sobre El Señor de los Anillos, Star Wars y demás frikadas a manos de un único profesor, que tiene mérito; que Sevilla, para nosotros, no es Sevilla sin un profesor de química que nos cante con una guitarrita rosa en medio de una plaza; un correo que va a coger telarañas por el desuso sin que lleguen temas ni imágenes comentadas; que hay sobrinos de cinco años que hacen nuestros exámenes de filosofía en media hora; y, sobre todo, me llevo unas amigas que deberían cotizar por existir. Porque, una cosa os voy a decir, la labor docente intachable pero casi lo mejor que me ha dado el Gredos son ellas, gracias a esa labor docente intachable. 
Envejecer, cumplir años: once van ya y paramos de contar. Personalmente, acaba la mejor etapa de mi vida, la más influyente, la más sufrida y la más sentida. Parece mentira que hace tres días estábamos entrando en el colegio mientras Domingo ponía las pizarras; hace dos llegábamos a la ESO- etapa difícil dónde las haya-; ayer empezábamos Bachillerato y hoy dejamos el lugar en el que hemos crecido, que nos ha visto ganar y nos ha enseñado a perder. Nos vamos de esta nuestra segunda casa, dejando nuestra niñez y adolescencia en estos pasillos, con la certeza de volver y la nostalgia de que ya nunca vaya a ser de la misma manera. 
La peor parte es esta, que quienes nos vamos somos nosotros, y me parte en dos pensarlo mientras veo que las manecillas del reloj giran y yo no puedo pararlas. Sin embargo, no espero una, espero trescientas despedidas y sus respectivos trescientos reencuentros porque no me cabe duda de que voy a volver, lo que tengo es un miedo a crecer que me echa hacia atrás y me devuelve a todas y cada una de las clases que ya echo de menos. 
Ahora, cuando dejo mi tierra, me da miedo mirar atrás y ver algunos errores que no han servido para más que para darme cuenta de que la vida no es más que una lucha, que yo no sé luchar –pero que todavía me mantengo en pie por cuatro versos que hacen que siga- y que respirar a veces puede ahogarte. Y por eso odio tan profundamente las despedidas, porque llevan un mensaje subliminal que grita que puede no haber un mañana, porque de todos los vocablos que me llevan al cielo, la única palabra que me da miedo es “adiós”. 
Por H o por B las despedidas siempre acaban siendo tristes y acabo con alguna lágrima asomando así que antes de que eso ocurra sabed que esto es solo una pequeña parte de lo que todo esto ha sido para mí, porque las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma y que pese a todo y con todo lo que de aquí nos llevamos, siempre nos quedarán estos días azules y este sol de la infancia.



Muchas gracias a todos. >>

miércoles, 1 de octubre de 2014

Martes y letras.



Tan lejos, hoy, de aquello,
pervive sin embargo tanto entonces aquí,
que ahora me parece que no fue ayer
un sueño.
Ángel González.
La lengua no dice, hace. Las calles por las que pasa el 132 que me lleva a la misma puerta de mi futuro me sonríen con el sol cada día a las 8.03 de la mañana; comienza un día más.
                El teatro de mi vida se confiesa triunfante en la batalla y proclama a los cuatro vientos que, finalmente, el libro ha acabado bien; han triunfado los buenos y, a partir de ahora, cada martes a las 8.30 am me esperará Lorca en un papel pegado en la pared: “La poesía no quiere adeptos, quiere amantes.”. He llegado a la conclusión de que el trasfondo de todo esto es eso, amar cada imagen que se cuele en mi retina desde aquí hasta dentro de cuatro años, porque a lo mejor el amor es vivir todos y cada uno de los siglos pasados arropándome con las páginas y bebiendo de los sentimientos, principios, vicios, virtudes, críticas y creencias que cada uno de los amantes de la lengua quiso plasmar en papel. A lo mejor, el amor es ver la pupila azul que describía Bécquer; o sentir por dentro el frío de la cárcel en la que encerraron a Cervantes; o recitar a Petrarca; o, quizás sólo sea el placer de saber que voy a vivir en la literatura, si no todos, muchos años de mi vida.
La poesía es la voz del que se sabe
vivo y mortal, lo dice Blas de Otero,
y en conclusión, señores, el poema
no nace del esfuerzo de hablar solo,
es la necesidad de estarle hablando
a una silla vacía.”
Luis García Montero.
                Quizá es que he tirado la piedra lejos, fuera del camino, o que la voy dando patadas al andar –haciendo camino, a lo Machado- pero ando y no dudo ni un momento porque puede que la vida sea más llevadera al ritmo de un verso. Desde luego, ya han empezado mis andanzas en busca del verso libre que me marque el ritmo y no hay quien me pare.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Las respuestas del tiempo.




Como cartas escritas bellamente,

las historias comienzan

entre buenas palabras

y un corazón sacado de los libros.

En vosotros aprendo que la vida

tiene menos que ver con los principios

que con la dignidad de los finales.

Luis García Montero.

Afirmar que me quedan dos días huele a sentencia de muerte. Todavía no, pero casi. Fumo porque de algo hay que morir, pongo mi conciencia a punto de ebullición pensando si ese es mi lugar. ¿Hacia dónde estoy dirigiendo mis pasos? Quizá no, pero me cobijo en la esperanza de que sí, que este es mi camino, que esto es por lo que he estado luchando contra “lo que se espera de mí” tanto tiempo. Por vez primera, he puesto el corazón y no la cabeza entre los libros y me he dado cuenta de la probabilidad de que sea esto lo que me llene, que he batallado a pecho descubierto contra los “Eres una chica de letras, no intentes engañarte” inútilmente y han vencido los de todos los cuentos, los buenos. Me aislé de mi misma para poder encontrarme, me he perdido en bosques que nunca habría transitado de no ser porque le grité a Caperucita “¡Insensata!” y me fui por el camino “bueno”, el que “se esperaba de mí”. De manera omnipresente, me he colocado en todos y cada uno de los supuestos que podrían haber sido, pero no fueron, me colgué de todas las ramas de un árbol buscando seguridad y comodidad sin saber que mi sitio correcto estaba en una estantería llena de polvo y olor a libro antiguo. Fui víctima de todo aquello que acabaría una mañana calurosa entre quienes conocían –y me habían insistido hasta la saciedad- el tren en el que me tenía que subir.

                Me metieron entre todos dentro de ese tren, haciendo salir a la luz todo aquello que estaba escondido debajo de tanta rama, todo por lo que he sido siempre así, todo por lo que escribo, sacaron de mí la estantería de mi futuro y no pude –o no quise- darme cuenta de ello hasta que el revisor pitó, se cerraron las puertas, y se abrieron las ventanas por las que entró el viento que alejó de mí el eco de todo eso que “se esperaba que hiciese”.

                Sé quién soy y dónde van mis pasos. Mi andadura comienza en dos días.

                Os escribiré.

lunes, 15 de septiembre de 2014

El destino de las decisiones precipitadas.



A Luis, María, Andrea, Marta y Paula

por nadar en mi fondo y ayudarme a encontrar lo que de verdad quería.



                Quizá todo haya sido por un arrebato, por un minuto de lucidez en esta locura digna de Quijote o simplemente por encontrar en mí eso que veía muy de lejos y que ha resultado ser lo único que me hace feliz. A estas alturas, pero ya sólo de vez en cuando, atormento a alguna de mis amigas preguntándome “¿Y si es un error?” y todas repiten la misma respuesta: “-Puede, pero ya no puedes hacer nada, estás matriculada, Andrea.” A dos semanas de que empiece esta nueva etapa, sigo sin estar segura pero sí emocionada.
                Salgo de un duro Bachillerato de ciencias –con su química, su biología y todas esas cosas que requieren cuentas y/o microscopio y, además, muchas ganas de dibujar orgánulos- con la idea de hacer el grado de psicología en la Universidad Autónoma de Madrid. Pese a esta pesada carga biológica en mi expediente, de vez en cuando, buenas amigas me recuerdan que siempre he sido de letras, quiera yo o no. Y efectivamente, después de mucho pensar y admirar profundamente a los dos profesores de lengua y literatura que más me han enseñado, a una semana de las pruebas de Selectividad me planté en medio del camino decidida a cambiar la trayectoria: “Me meto a filología hispánica, está decidido”.
                Y así, aquí, porque la literatura –como el arte en general- es la demostración de que la vida no basta, me adentro en el universo de las jarchas, las coplas manriqueñas, las cimas místicas de San Juan de la Cruz y Santa Teresa, el lazarillo, Polifemo y Galatea, Quevedo, el romanticismo de Larra, el esperpéntico Valle-Inclan, Lorca y su amor oscuro, romancero y en Nueva York, el único argumento de la obra de Gil de Biedma y el Max Aub que me recuerda una y otra vez el origen de mis pasos; ‘Uno es de donde hace el Bachillerato’.
                Por mí, por las fuerzas que me habéis dado cuando a mí me faltaban, prometo jamás apartarme del camino, nunca decir no puedo más y aquí me quedo.