[...] comprendía que dos cosas no deben separarse nunca cuando han logrado hacerse la una al modo y medida de la otra.
Desde que tenía trece años y me obligaron a leerme El Camino, esta lectura ha ocupado en mi memoria un recuerdo -aunque incomprensible- agrio, tedioso y de completa inutilidad, quizá porque era muy pequeña cuando lo leí -o al menos lo intenté- para comprender que las cosas podrían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, han sucedido así. Hoy, por fin, lo he entendido todo; Luis, cuánta razón tenías.
A propósito de esta joya de Delibes, el viernes pasado me hicieron pensar si habría dado yo a estas alturas ese gran paso que da Daniel, el Mochuelo, al irse del valle para progresar como quería su padre; si sería suficiente justificación salir para siempre de los pasillos y rincones donde he crecido para llorar como he llorado tantas veces, al fin; si tener la valentía de cambiar el curso de la senda que se esperaba para mí fue dar ese gran paso.
Quizá, por todas estas razones, lo fuese y yo lo sentí como tal y me dolió como tal el sentir que los hechos y los años pasan con esa facilidad a ser recuerdos, igual que me duele recordar y reconocer que nunca volveremos de la misma manera a esos “días azules” ni a ese “sol de la infancia” porque, al fin y al cabo, hemos crecido y ya no somos lo que éramos hace unos años, porque fue bonito mientras duró pero es triste recordarlo. Y esta nostalgia inexplicable se acentúa cada vez que retomamos las historias de nuestro hogar como retoma Daniel, el Mochuelo, las del valle, porque la vida se construye de futuros recuerdos y llevamos tantos años edificando piedra sobre piedra en un mismo código postal que salir de ahí ha sido nuestra manera de coger el rápido a la ciudad, atravesar los vastos prados del valle e ir a parar a la ciudad con el pretexto del progreso.
Al final hemos terminado Bachillerato y hemos entendido El Camino como quería que lo entendiéramos, como reconocer que salimos de nuestra zona de confort como Daniel, el Mochuelo, dejando atrás todas las historias que forman nuestras vidas, todos los aromas, las palabras y los momentos que han hecho de nosotros lo que somos, por suerte o por desgracia. Hemos subido la cucaña, nos hemos hecho las heridas más profundas y, al bajar, la realidad nos ha dado el bofetón que nos ha sacado de nuestra particular Poza del Inglés, de la tienda de las Guindillas, del pajar, de la taberna de Quino, el Manco, de la finca del Indiano, de la quesería, de los sermones de don José y nos ha quitado las pecas de la Uca-uca al cerrar la ventana y al fin, hemos llorado, porque los adolescentes también lloran.
Al final, somos todos un poco Daniel, el Mochuelo, y lamentamos a veces el curso de los acontecimientos sin darnos cuenta de que no siempre los caminos marcados son los correctos y que si nadie se sale de la senda, sólo cabe pensar que existe una. Y las cosas pueden suceder de mil maneras diferentes.