Durante los
últimos años, en el ambiente político,
periodístico y en redes sociales han ido surgiendo corrientes feministas
que buscan, mediante la modificación del lenguaje, una mayor visibilización de
la mujer. Estas corrientes, que no están del todo equivocadas, aluden a la
lengua española como una lengua sexista teniendo en cuenta el léxico y la
gramática. Esta revolución tiene sentido y es totalmente legítima excepto por
el componente gramatical que defienden en sus argumentos.
La semántica histórica de
nuestra lengua, como de otras lenguas derivadas del indoeuropeo, es
innegablemente androcéntrica porque así son las formas de vida históricamente
predominantes, pero el hecho de tomar consciencia de esta situación, sin
embargo, supone asumir las restricciones del habla para ejercer la libertad. La
exposición de este trabajo se basa en eso, en determinar cuáles son las
restricciones y las normas que no deben ser modificadas porque no reside en
ellas ningún rastro de machismo, centrándonos en el uso del masculino genérico
y las distintas propuestas alternativas a este que han ido apareciendo (como la
sustitución de los morfemas de género por la grafía X o @; y también la
sustitución de estos mismos por –e).
Como ya hemos dicho, estas
reivindicaciones están justificadas desde el punto de vista del léxico ya que
no poseen el mismo contenido semántico ciertas expresiones si están en femenino
o en masculino, como hombre público y
mujer pública; golfo y golfa; hombre
ambicioso y mujer ambiciosa. Aquí es evidente que la expresión en masculino
no posee ninguna connotación, sin embargo el femenino posee un contenido
peyorativo.
Aunque en este aspecto la
anulación del contenido peyorativo hacia la mujer es necesario, también es un
trabajo de concepción social, es decir, no sólo vale con modificar el contenido
semántico, esta es una lucha que se trabaja en la sociedad, en la mentalidad de
los hablantes que tienen asociados esos significados a dichos significantes,
por tanto la lengua también queda exenta de esto porque la corrección debe
iniciarse en la sociedad y no precisamente
en los diccionarios y gramáticas.
El género.
El género es una propiedad gramatical de los
sustantivos y de algunos pronombres que incide en la concordancia con los
determinantes, los cuantificadores y los adjetivos o los participios. Las
categorías que manifiestan género gramatical reproducen los rasgos del género
de los sustantivos o de los pronombres.
Atendiendo al género, los sustantivos se clasifican en
masculinos y femeninos. Con muchos sustantivos que designan seres animados (gato/gata, niño/niña, presidente/presidenta,
alcalde/alcaldesa), el género sirve para diferenciar el sexo del referente.
En el resto de los casos, el género de los sustantivos es una propiedad
gramatical inherente, sin conexión con el sexo. Su terminación no siempre pone
de manifiesto el género que les corresponde.
Los sustantivos no tienen género neutro en español.
Sólo lo tienen los demostrativos (esto,
eso, aquello), los cuantificadores (tanto,
cuanto, mucho, poco), el artículo lo
y los pronombres personales ello y lo. El género en que aparecen los
adjetivos y otros modificadores de estos elementos neutros no se diferencian
morfológicamente del masculino. También son neutros los pronombres que se
refieren a las oraciones: - ¿Dijo que
llamaría? –No, no dijo eso.
Más que un tercer género del español equiparable a los
otros dos, el neutro es el exponente de una clase gramatical de palabras que
designan ciertas nociones abstractas.
Los sustantivos en los que el género permite
diferenciar el sexo de los seres designados muestran varias posibilidades.
Muchos añaden un sufijo a la raíz como duque/duquesa; poeta/poetisa. Algunos
llamados heterónimos, utilizan
radicales diferentes, como toro/vaca;
yerno/nuera; caballo/yegua. Los sustantivos comunes en cuanto al género no experimentan cambios en su forma,
pero su género queda reflejado en los determinantes o los adjetivos que los
acompañan: el artista/la artista; el
profesional/la profesional.
Los
sustantivos ambiguos en cuanto al género
pueden usarse indistintamente como masculinos o femeninos para designar la
misma entidad, generalmente inanimada: el
mar/la mar; el vodka/la vodka. Son nombres epicenos los que se refieren a
seres vivos de uno u otro sexo mediante un único género gramatical, sea este
masculino o femenino.
Oposición: género gramatical frente a género social
Uno de los
debates más recurrentes dentro de los activismos, fundamentalmente en el
feminismo y en la lucha por la erradicación de la homofobia –y bifobia y
transfobia- es el del uso inclusivo de la lengua persiguiendo la visibilización
del género social tradicionalmente excluido del discurso público: el femenino.
El
primer punto que es necesario precisar consiste en diferenciar adecuadamente el
género gramatical del género social. Éste sabemos que consiste en una serie de
caracteres sociales, culturales, políticos, psicológicos, sexuales, etc. que se
asignan socioculturalmente como propios y de manera diferenciada a hombres y
mujeres, si bien pueden cambiar según el contexto histórico y cultural en que
nos movamos.
Por su parte el género gramatical es un sistema de
clasificación nominal de las lenguas, que diferencia determinadas palabras
según un número determinado de clases, y se emplea para relacionarlas con otras
palabras a través de la concordancia. Por emplear el mismo término
–"género"- es habitual inferir que existe una relación entre el
género social y el lingüístico y, aunque la hay, de un modo objetivo se afirma
de manera general que en la lengua las relaciones entre significado –el
contenido semántico de una palabra- y significante –el conjunto de sonidos a
través de los que la reconocemos- son totalmente arbitrarias. Así, en latín,
los árboles presentan un género femenino, y sus frutos, neutro, mientras que en
castellano el árbol es masculino y el fruto frecuentemente femenino. Es la
arbitrariedad la que relaciona significado y significante. En teoría.
Si bien nuestra lengua procede
del latín, donde existían masculino, femenino y neutro, se acepta que el
español presenta los géneros masculino y femenino, con algunos restos
pronominales del neutro (ello, lo).
Pero esto no deja de ser una convención, es decir, realmente el género
gramatical masculino no existe en nuestra lengua: es el género no marcado,
frente al femenino, que sí está marcado, diferenciándose, en los términos con
flexión de género, a través de la incorporación de las consabidas –a, -esa,
-triz. Las palabras también pueden ser ambiguas –se emplean con ambos géneros:
"el/la mar salado/a"-, epicenas –tienen un solo género para ambos
sexos: "el ratón"- o comunes –presentan la misma forma para ambos
sexos: "el/la estudiante aplicado/a"-.
Sin embargo, erróneamente
se atribuye al género gramatical el significado de marcar sexo
(género social), y esta atribución no se ajusta a la realidad, aunque pueda
aparecer así en muchos materiales de enseñanza y lo interpreten de este modo
numerosos hablantes.
Las circunstancias que han favorecido esa conciencia
generalizada de que el género gramatical (femenino, masculino) alude al sexo
biológico (macho, hembra) son varias: en el ámbito teórico, el hecho de que en
inglés exista la misma palabra (gender) para referirse al género
gramatical y al sexo, cuando el término posee valor cultural, ha facilitado la
confusión entre dos conceptos sustancialmente distintos. En la práctica, el
desconocimiento por parte de los usuarios de la estructura real del género
gramatical y la inercia de los hablantes de lenguas genéricas, como la
española, completan la confusión.
Conflicto sociolingüístico sobre el género
La explicación gramatical distintiva de la lengua española se
basa en que todos los nombres acabados en -a cuyo referente es un ser vivo,
designan hembra o mujer y es el término marcado, mientras que los mismos
nombres acabados en -o, no designan macho u hombre, sino ausencia de mujer o
hembra. Por eso vemos que la gramática –que no tiene ideología- está siendo
forzada, sobre todo en las instituciones de gobierno y en redes sociales, al
mencionar los dos géneros (en el primer caso) y al introducir nuevos morfemas
de género que se consideran inclusivos. En estos casos no se está utilizando
estrictamente la gramática, porque podemos ver discriminación en el lenguaje,
pero no en la gramática, sino en el léxico donde sí se ve una discriminación
hacia la mujer.Para no hacer referencia a los
dos sexos necesitamos un sufijo que designe a ambos sexos o ninguno en concreto
y ese sufijo es –o porque es el término no marcado, es decir, que no designa
ninguna marca y, por tanto, ningún sexo. Por eso –a no es el contrario a –o, es
algo diferente pero no opuesto.
Empleo del género masculino
El masculino es en español el género no marcado, y el femenino, el marcado. En la designación de personas y animales, los sustantivos
de género masculino se emplean para referirse a los individuos de ese sexo,
pero también para designar a toda la especie, sin distinción de sexos, sea en
singular o en plural. Así, están comprendidas las mujeres en Un estudiante universitario tiene que
esforzarse mucho hoy en día para trabajar y estudiar o en Los hombres prehistóricos se vestían con
pieles de animales. Se abarca asimismo a mujeres y hombres. Sin embargo,
por razones extralingüísticas o contextuales, puede dar a entender que se habla
solo de varones, como en el número de
mexicanos que han sido ordenados sacerdotes en los últimos diez años o en Los hombres sólo dicen mentiras.
En el
lenguaje político, administrativo y periodístico se percibe una tendencia a
construir series coordinadas constituidas por sustantivos de persona que
manifiesten los dos géneros: los alumnos
y alumnas; a todos los chilenos y a
todas las chilenas. El circunloquio es innecesario en estos casos, puesto
que el empleo del género no marcado es suficientemente explícito para abarcar a
los individuos de uno y otro sexo. Se prefiere, por lo tanto, Los alumnos de esta clase se examinarán el
jueves; Es una medida que beneficiará a todos los chilenos. En cambio, la
doble mención se interpreta como señal de cortesía en ciertos usos vocativos: señoras y señores; amigas y amigos. Acaso
por extensión de la forma damas y
caballeros, basada en una oposición heteronímica.
Cuando
no queda suficientemente claro que el masculino plural comprende por igual a
los individuos de ambos sexos, son necesarios ciertos recursos para deshacer la
posible ambigüedad: fórmulas desdobladas, pero también modificadores
restrictivos del sustantivo (empleados de
ambos sexos) o apostillas diversas (empleados,
tanto hombres como mujeres).
Marcas de género
El género se manifiesta en ocasiones en algunas marcas
formales explícitas, como las terminaciones de los sustantivos en casos como hij-o; jef-a; juez-a; león-a; abad-esa;
sacerdot-isa; gall-ina. Tales marcas han sido interpretadas como morfemas
de género, es decir, segmentos a los que corresponde la información morfológica
relativa al sexo. Con otros sustantivos, en cambio, la terminación carece de
contenido, por lo que resulta problemático identificarla como morfema. Tampoco
parece acertado asocial la vocal –o a los sustantivos masculinos y –a a los
femeninos, puesto que existen sustantivos masculinos terminados en –a y
viceversa; y de uno y otro género terminados en –e, en –i y en –u o en
consonante. Estas terminaciones de los sustantivos de género inherente no son
depositarios de información genérica. Actualmente se analizan como marcas
segmentales, desinenciales o de palabra, por su incidencia en ciertos procesos
fonológicos y morfológicos como la formación de derivados.
Existen
ciertas correspondencias entre la terminación de los sustantivos y su género
inherente. En efecto, la mayor parte de los sustantivos que acaban en –a son
femeninos y la mayoría de los que acaban en –o son masculinos. Los acabados en
consonante o en otras vocales pueden ser masculinos o femeninos. Muchos
sustantivos terminados en –a son masculinos; son femeninos varios de los
acabados en –o, así como los que provienen de acortamientos de palabras
femeninas.
Las
terminaciones –o y –a en los sustantivos no animados pueden marcar diferencias
léxicas no ligadas al sexo, como la que se establece entre el árbol y su fruto
o su flor, o bien distinciones relativas al tamaño o la forma de las cosas (bolsa/bolso).
Entre los sustantivos que
designan seres animados, la terminación en –a se corresponde en la mayoría de
los casos con la denotación de una mujer o un animal hembra. Esta marca
presenta a veces un incremento morfológico: -esa (abadesa, alcaldesa, condesa, tigresa); -isa (poetisa, papisa, profetisa); -ina (gallina, heroína, jabalina). Otros pares, formados sobre pautas
menos productivas, son rey/reina y
los femeninos terminados en –triz, correspondientes a algunos masculinos
terminados en –dor/ -tor. Esta terminación aparece también en ciertos adjetivos
pero contraviene las reglas de concordancia usarla cuando el adjetivo modifica
a sustantivos masculinos (impulso motriz),
por lo que en estos casos se recomiendan las variantes en –or.
Propuestas alternativas a los morfemas de género -o/-a
La obsesión por evitar la discriminación a través del género,
y el eufemismo de lo “políticamente correcto” ha propiciado que se dedicara un
espacio a regular los usos en redes sociales y folletos publicados por los
diferentes organismos oficiales que se han interesado por la cuestión, pero en
la práctica la falta de coherencia en el tratamiento del género por parte de
los hablantes es evidente y ha dado lugar a un sinfín de discursos en que se
distorsiona la lengua y se construyen incorrecciones:
- La duplicación de alumnos y alumnas, todos y todas, padres y madres, empleados y empleadas etc., con los artículos, determinantes y adjetivos correspondientes concordados, supone un recargamiento que complica la expresión.
- La frecuente aparición de os/as, además de distorsionar la expresión oral, nos lleva a la duplicación mencionada anteriormente ya que, en el discurso oral y escrito, no es común encontrarnos estas construcciones y mucho menos es sencillo el expresarlas.
Esas construcciones no solo son incorrectas, sino que, además
son discriminatorias, porque la barra, colocada entre dos palabras o entre una
palabra y un morfema indica la alternativa entre una u otra opción, tiene valor
excluyente, de modo que se trata o sólo de ellas o sólo de ellos.
- La sustitución de los morfemas de género por la grafía “x” consiste en suprimir el morfema de género equivalente a las vocales -a y -o, incluso si el sustantivo no se identifica con el masculino ni con el femenino. El problema de esta modificación es que, quienes lean la expresión amigxs, aunque comprendan la intención, tenderán a interpretarlo como vocal, pues las palabras amigos y/o amigas ya existen en el léxico del español; de ahí que esto funcione como una restricción, en sentido sistemático y particularmente en el habla. Lo mismo pasa con los signos “*” y “@” que son irrealizables en el habla porque no son fonemas.
- La sustitución de los morfemas de género por la vocal –e es otra manera de “vaciar” de género las formas léxicas, concretamente las referentes y referidas a seres animados y humanos, trata de suplir los fonemas por uno sí existente en el sistema: la /e/. Las restricciones de esta modificación residen en que, pretende ser similar al genérico masculino, pero nos encontramos con que ya existe en castellano un morfema con la misma función, por tanto, es innecesario. Pero volvemos a encontrarnos aquí con que el problema de la inclusión o exclusión de las mujeres en la lengua no es un problema gramatical, sino social ya que el masculino es el elemento no marcado, es decir, abarca masculino y femenino.
La evolución de una lengua ya asentada viene determinada por
el error del uso. Todos sabemos que el castellano, por ejemplo, surgió como una
degeneración del latín culto. Un error puede cambiar la norma y ésta, el
sistema lingüístico, si ese error se generaliza. Es físicamente imposible que
la -a o la -o se deformen en una -e (y ya ni hablemos de una X). Por otra
parte, la introducción de este nuevo morfema no va a suponer una ayuda en el
cambio hacia una sociedad más justa porque el sentirnos incluidas en un
lenguaje que, valga la redundancia, es inclusivo, es tarea nuestra, de las
mujeres y se desarrolla fuera de los asuntos puramente gramaticales.
El avance social y cultural de las mujeres en occidente,
fruto de largas luchas encabezadas por los movimientos feministas, inciden
necesariamente en la lengua dado que los factores extralingüísticos son un
importante motor en su evolución. El cambio es consustancial a las lenguas y
estas, como obras humanas, deben dar cuenta de la sociedad que las acoge. Los
comportamientos lingüísticos son símbolos de la realidad social y, por tanto,
las desigualdades que se constatan son indicios de que es preciso cambiar una
situación que es externa a la propia lengua.
Conclusiones
Se ha afirmado que la discriminación de las mujeres tiene
múltiples manifestaciones, y una de ellas es estrictamente lingüística, y es
cierto. Se ha afirmado que la lengua es sexista, e incluso se ha llegado a
propugnar la reforma de la sociedad a partir de la reforma del lenguaje, pero
no hay que dejarse confundir por las palabras: existe indudablemente el sexismo
lingüístico, que en gran medida produce el silenciamiento y la ocultación de la
mujer, pero una cosa es que el lenguaje refleje una cultura sexista, lo que es
obvio, y otra que el sistema de la lengua sea sexista en sí mismo: la
discriminación no se instala en el nivel lingüístico, sino en el nivel
pragmático.
El lenguaje es una capacidad compartida por todas las
personas, cualquiera que sea su sexo biológico, su orientación sexual y su
identidad genérica, y en el propio sistema de la lengua, como repertorio que es
de posibilidades, se encuentran los recursos y los mecanismos para usos
lingüísticos no discriminatorios. En tanto que sistema, es creativo y en ello
reside su riqueza y su vitalidad.
Las palabras no son irremisiblemente deterministas ni
inexorablemente un instrumento de dominación masculina: entenderlo así
supondría ignorar la capacidad humana, la de todo ser humano, cualquiera que
sea su sexo biológico, su opción sexual y su identidad genérica, de elegir y
actuar lingüísticamente. Las palabras no significan independientemente de la
enunciación humana: están sujetas a la interpretación de cada cual, al rechazo
o a la aceptación, según el contexto, y están sometidas también al tiempo y al
espacio. El poder de la lengua deriva del poder de quienes la usan y, en el
proceso, dan forma al significado. Lo poderoso no es la palabra, sino el
proceso de asignación. Es, por tanto, el usuario del lenguaje el determinista,
y no el sistema. Y nos hacemos poca justicia las mujeres si sugerimos que no
tenemos el poder racional para resistir la inercia lingüística y al mismo
tiempo implicamos que la capacidad lingüística para manipular en beneficio de
un sexo es exclusiva del varón: es perpetuar el mito de la incapacidad femenina
y contribuir, sin saberlo, al silenciamiento de la mujer.
Para romper el mecanismo de ocultación de la mujer que puede
darse por el empleo reiterado del masculino genérico, se han apuntado diversas
alternativas, pero solo el uso de genéricos, colectivos y algunas formas no
sexuadas (quien, quienes...) tienen visos de sobrevivir. Esto es porque es
la única capaz de resolver la discriminación sexual, ya que actúa en la
mentalidad colectiva reforzando la idea de personas antes que mujeres y
varones, y porque no atenta contra las tendencias evolutivas y el uso de la
lengua. Así vemos que, a la hora de enseñar el género debe hacerse como una
marca gramatical, no por medio del significado.
Como conclusión tenemos que en todas las comunidades
lingüísticas y en todas las épocas ha sido la sociedad, y no la lengua, la que
discrimina o no, por tanto, el problema de la inclusión o no inclusión de las
mujeres en el masculino genérico, no reside en la lengua, sino en la mentalidad
de los hablantes.