sábado, 22 de octubre de 2016

Problemas sociolingüísticos del género.

Durante los últimos años, en el ambiente político,  periodístico y en redes sociales han ido surgiendo corrientes feministas que buscan, mediante la modificación del lenguaje, una mayor visibilización de la mujer. Estas corrientes, que no están del todo equivocadas, aluden a la lengua española como una lengua sexista teniendo en cuenta el léxico y la gramática. Esta revolución tiene sentido y es totalmente legítima excepto por el componente gramatical que defienden en sus argumentos.
La semántica histórica de nuestra lengua, como de otras lenguas derivadas del indoeuropeo, es innegablemente androcéntrica porque así son las formas de vida históricamente predominantes, pero el hecho de tomar consciencia de esta situación, sin embargo, supone asumir las restricciones del habla para ejercer la libertad. La exposición de este trabajo se basa en eso, en determinar cuáles son las restricciones y las normas que no deben ser modificadas porque no reside en ellas ningún rastro de machismo, centrándonos en el uso del masculino genérico y las distintas propuestas alternativas a este que han ido apareciendo (como la sustitución de los morfemas de género por la grafía X o @; y también la sustitución de estos mismos por –e).
Como ya hemos dicho, estas reivindicaciones están justificadas desde el punto de vista del léxico ya que no poseen el mismo contenido semántico ciertas expresiones si están en femenino o en masculino, como hombre público y mujer pública; golfo y golfa; hombre ambicioso y mujer ambiciosa. Aquí es evidente que la expresión en masculino no posee ninguna connotación, sin embargo el femenino posee un contenido peyorativo.
Aunque en este aspecto la anulación del contenido peyorativo hacia la mujer es necesario, también es un trabajo de concepción social, es decir, no sólo vale con modificar el contenido semántico, esta es una lucha que se trabaja en la sociedad, en la mentalidad de los hablantes que tienen asociados esos significados a dichos significantes, por tanto la lengua también queda exenta de esto porque la corrección debe iniciarse en la sociedad y no precisamente en los diccionarios y gramáticas. 

El género.

El género es una propiedad gramatical de los sustantivos y de algunos pronombres que incide en la concordancia con los determinantes, los cuantificadores y los adjetivos o los participios. Las categorías que manifiestan género gramatical reproducen los rasgos del género de los sustantivos o de los pronombres.
Atendiendo al género, los sustantivos se clasifican en masculinos y femeninos. Con muchos sustantivos que designan seres animados (gato/gata, niño/niña, presidente/presidenta, alcalde/alcaldesa), el género sirve para diferenciar el sexo del referente. En el resto de los casos, el género de los sustantivos es una propiedad gramatical inherente, sin conexión con el sexo. Su terminación no siempre pone de manifiesto el género que les corresponde.
Los sustantivos no tienen género neutro en español. Sólo lo tienen los demostrativos (esto, eso, aquello), los cuantificadores (tanto, cuanto, mucho, poco), el artículo lo y los pronombres personales ello y lo. El género en que aparecen los adjetivos y otros modificadores de estos elementos neutros no se diferencian morfológicamente del masculino. También son neutros los pronombres que se refieren a las oraciones: - ¿Dijo que llamaría? –No, no dijo eso.
Más que un tercer género del español equiparable a los otros dos, el neutro es el exponente de una clase gramatical de palabras que designan ciertas nociones abstractas.
Los sustantivos en los que el género permite diferenciar el sexo de los seres designados muestran varias posibilidades. Muchos añaden un sufijo a la raíz como duque/duquesa; poeta/poetisa. Algunos llamados heterónimos, utilizan radicales diferentes, como toro/vaca; yerno/nuera; caballo/yegua. Los sustantivos comunes en cuanto al género no experimentan cambios en su forma, pero su género queda reflejado en los determinantes o los adjetivos que los acompañan: el artista/la artista; el profesional/la profesional.
Los sustantivos ambiguos en cuanto al género pueden usarse indistintamente como masculinos o femeninos para designar la misma entidad, generalmente inanimada: el mar/la mar; el vodka/la vodka. Son nombres epicenos los que se refieren a seres vivos de uno u otro sexo mediante un único género gramatical, sea este masculino o femenino.

Oposición: género gramatical frente a género social

Uno de los debates más recurrentes dentro de los activismos, fundamentalmente en el feminismo y en la lucha por la erradicación de la homofobia –y bifobia y transfobia- es el del uso inclusivo de la lengua persiguiendo la visibilización del género social tradicionalmente excluido del discurso público: el femenino.
El primer punto que es necesario precisar consiste en diferenciar adecuadamente el género gramatical del género social. Éste sabemos que consiste en una serie de caracteres sociales, culturales, políticos, psicológicos, sexuales, etc. que se asignan socioculturalmente como propios y de manera diferenciada a hombres y mujeres, si bien pueden cambiar según el contexto histórico y cultural en que nos movamos.
Por su parte el género gramatical es un sistema de clasificación nominal de las lenguas, que diferencia determinadas palabras según un número determinado de clases, y se emplea para relacionarlas con otras palabras a través de la concordancia. Por emplear el mismo término –"género"- es habitual inferir que existe una relación entre el género social y el lingüístico y, aunque la hay, de un modo objetivo se afirma de manera general que en la lengua las relaciones entre significado –el contenido semántico de una palabra- y significante –el conjunto de sonidos a través de los que la reconocemos- son totalmente arbitrarias. Así, en latín, los árboles presentan un género femenino, y sus frutos, neutro, mientras que en castellano el árbol es masculino y el fruto frecuentemente femenino. Es la arbitrariedad la que relaciona significado y significante. En teoría.
Si bien nuestra lengua procede del latín, donde existían masculino, femenino y neutro, se acepta que el español presenta los géneros masculino y femenino, con algunos restos pronominales del neutro (ello, lo). Pero esto no deja de ser una convención, es decir, realmente el género gramatical masculino no existe en nuestra lengua: es el género no marcado, frente al femenino, que sí está marcado, diferenciándose, en los términos con flexión de género, a través de la incorporación de las consabidas –a, -esa, -triz. Las palabras también pueden ser ambiguas –se emplean con ambos géneros: "el/la mar salado/a"-, epicenas –tienen un solo género para ambos sexos: "el ratón"- o comunes –presentan la misma forma para ambos sexos: "el/la estudiante aplicado/a"-.
Sin embargo, erróneamente se atribuye al género gramatical el significado de marcar sexo (género social), y esta atribución no se ajusta a la realidad, aunque pueda aparecer así en muchos materiales de enseñanza y lo interpreten de este modo numerosos hablantes.
Las circunstancias que han favorecido esa conciencia generalizada de que el género gramatical (femenino, masculino) alude al sexo biológico (macho, hembra) son varias: en el ámbito teórico, el hecho de que en inglés exista la misma palabra (gender) para referirse al género gramatical y al sexo, cuando el término posee valor cultural, ha facilitado la confusión entre dos conceptos sustancialmente distintos. En la práctica, el desconocimiento por parte de los usuarios de la estructura real del género gramatical y la inercia de los hablantes de lenguas genéricas, como la española, completan la confusión.

Conflicto sociolingüístico sobre el género

La explicación gramatical distintiva de la lengua española se basa en que todos los nombres acabados en -a cuyo referente es un ser vivo, designan hembra o mujer y es el término marcado, mientras que los mismos nombres acabados en -o, no designan macho u hombre, sino ausencia de mujer o hembra. Por eso vemos que la gramática –que no tiene ideología- está siendo forzada, sobre todo en las instituciones de gobierno y en redes sociales, al mencionar los dos géneros (en el primer caso) y al introducir nuevos morfemas de género que se consideran inclusivos. En estos casos no se está utilizando estrictamente la gramática, porque podemos ver discriminación en el lenguaje, pero no en la gramática, sino en el léxico donde sí se ve una discriminación hacia la mujer.Para no hacer referencia a los dos sexos necesitamos un sufijo que designe a ambos sexos o ninguno en concreto y ese sufijo es –o porque es el término no marcado, es decir, que no designa ninguna marca y, por tanto, ningún sexo. Por eso –a no es el contrario a –o, es algo diferente pero no opuesto.

Empleo del género masculino

El masculino es en español el género no marcado, y el femenino, el marcado. En la designación de personas y animales, los sustantivos de género masculino se emplean para referirse a los individuos de ese sexo, pero también para designar a toda la especie, sin distinción de sexos, sea en singular o en plural. Así, están comprendidas las mujeres en Un estudiante universitario tiene que esforzarse mucho hoy en día para trabajar y estudiar o en Los hombres prehistóricos se vestían con pieles de animales. Se abarca asimismo a mujeres y hombres. Sin embargo, por razones extralingüísticas o contextuales, puede dar a entender que se habla solo de varones, como en el número de mexicanos que han sido ordenados sacerdotes en los últimos diez años o en Los hombres sólo dicen mentiras.
En el lenguaje político, administrativo y periodístico se percibe una tendencia a construir series coordinadas constituidas por sustantivos de persona que manifiesten los dos géneros: los alumnos y alumnas; a todos los chilenos y a todas las chilenas. El circunloquio es innecesario en estos casos, puesto que el empleo del género no marcado es suficientemente explícito para abarcar a los individuos de uno y otro sexo. Se prefiere, por lo tanto, Los alumnos de esta clase se examinarán el jueves; Es una medida que beneficiará a todos los chilenos. En cambio, la doble mención se interpreta como señal de cortesía en ciertos usos vocativos: señoras y señores; amigas y amigos. Acaso por extensión de la forma damas y caballeros, basada en una oposición heteronímica.
Cuando no queda suficientemente claro que el masculino plural comprende por igual a los individuos de ambos sexos, son necesarios ciertos recursos para deshacer la posible ambigüedad: fórmulas desdobladas, pero también modificadores restrictivos del sustantivo (empleados de ambos sexos) o apostillas diversas (empleados, tanto hombres como mujeres).

Marcas de género

El género se manifiesta en ocasiones en algunas marcas formales explícitas, como las terminaciones de los sustantivos en casos como hij-o; jef-a; juez-a; león-a; abad-esa; sacerdot-isa; gall-ina. Tales marcas han sido interpretadas como morfemas de género, es decir, segmentos a los que corresponde la información morfológica relativa al sexo. Con otros sustantivos, en cambio, la terminación carece de contenido, por lo que resulta problemático identificarla como morfema. Tampoco parece acertado asocial la vocal –o a los sustantivos masculinos y –a a los femeninos, puesto que existen sustantivos masculinos terminados en –a y viceversa; y de uno y otro género terminados en –e, en –i y en –u o en consonante. Estas terminaciones de los sustantivos de género inherente no son depositarios de información genérica. Actualmente se analizan como marcas segmentales, desinenciales o de palabra, por su incidencia en ciertos procesos fonológicos y morfológicos como la formación de derivados.
Existen ciertas correspondencias entre la terminación de los sustantivos y su género inherente. En efecto, la mayor parte de los sustantivos que acaban en –a son femeninos y la mayoría de los que acaban en –o son masculinos. Los acabados en consonante o en otras vocales pueden ser masculinos o femeninos. Muchos sustantivos terminados en –a son masculinos; son femeninos varios de los acabados en –o, así como los que provienen de acortamientos de palabras femeninas.
Las terminaciones –o y –a en los sustantivos no animados pueden marcar diferencias léxicas no ligadas al sexo, como la que se establece entre el árbol y su fruto o su flor, o bien distinciones relativas al tamaño o la forma de las cosas (bolsa/bolso).
Entre los sustantivos que designan seres animados, la terminación en –a se corresponde en la mayoría de los casos con la denotación de una mujer o un animal hembra. Esta marca presenta a veces un incremento morfológico: -esa (abadesa, alcaldesa, condesa, tigresa); -isa (poetisa, papisa, profetisa); ­-ina (gallina, heroína, jabalina). Otros pares, formados sobre pautas menos productivas, son rey/reina y los femeninos terminados en –triz, correspondientes a algunos masculinos terminados en –dor/ -tor. Esta terminación aparece también en ciertos adjetivos pero contraviene las reglas de concordancia usarla cuando el adjetivo modifica a sustantivos masculinos (impulso motriz), por lo que en estos casos se recomiendan las variantes en –or. 

Propuestas alternativas a los morfemas de género -o/-a

La obsesión por evitar la discriminación a través del género, y el eufemismo de lo “políticamente correcto” ha propiciado que se dedicara un espacio a regular los usos en redes sociales y folletos publicados por los diferentes organismos oficiales que se han interesado por la cuestión, pero en la práctica la falta de coherencia en el tratamiento del género por parte de los hablantes es evidente y ha dado lugar a un sinfín de discursos en que se distorsiona la lengua y se construyen incorrecciones:
  • La duplicación de alumnos y alumnas, todos y todas, padres y madres, empleados y empleadas etc., con los artículos, determinantes y adjetivos correspondientes concordados, supone un recargamiento que complica la expresión.
  • La frecuente aparición de os/as, además de distorsionar la expresión oral, nos lleva a la duplicación mencionada anteriormente ya que, en el discurso oral y escrito, no es común encontrarnos estas construcciones y mucho menos es sencillo el expresarlas.
Esas construcciones no solo son incorrectas, sino que, además son discriminatorias, porque la barra, colocada entre dos palabras o entre una palabra y un morfema indica la alternativa entre una u otra opción, tiene valor excluyente, de modo que se trata o sólo de ellas o sólo de ellos.

  • La sustitución de los morfemas de género por la grafía “x” consiste en suprimir el morfema de género equivalente a las vocales -a y -o, incluso si el sustantivo no se identifica con el masculino ni con el femenino. El problema de esta modificación es que, quienes lean la expresión amigxs, aunque comprendan la intención, tenderán a interpretarlo como vocal, pues las palabras amigos y/o amigas ya existen en el léxico del español; de ahí que esto funcione como una restricción, en sentido sistemático y particularmente en el habla. Lo mismo pasa con los signos “*” y “@” que son irrealizables en el habla porque no son fonemas.
  • La sustitución de los morfemas de género por la vocal –e es otra manera de “vaciar” de género las formas léxicas, concretamente las referentes y referidas a seres animados y humanos, trata de suplir los fonemas por uno sí existente en el sistema: la /e/. Las restricciones de esta modificación residen en que, pretende ser similar al genérico masculino, pero nos encontramos con que ya existe en castellano un morfema con la misma función, por tanto, es innecesario. Pero volvemos a encontrarnos aquí con que el problema de la inclusión o exclusión de las mujeres en la lengua no es un problema gramatical, sino social ya que el masculino es el elemento no marcado, es decir, abarca masculino y femenino.
La evolución de una lengua ya asentada viene determinada por el error del uso. Todos sabemos que el castellano, por ejemplo, surgió como una degeneración del latín culto. Un error puede cambiar la norma y ésta, el sistema lingüístico, si ese error se generaliza. Es físicamente imposible que la -a o la -o se deformen en una -e (y ya ni hablemos de una X). Por otra parte, la introducción de este nuevo morfema no va a suponer una ayuda en el cambio hacia una sociedad más justa porque el sentirnos incluidas en un lenguaje que, valga la redundancia, es inclusivo, es tarea nuestra, de las mujeres y se desarrolla fuera de los asuntos puramente gramaticales.

El avance social y cultural de las mujeres en occidente, fruto de largas luchas encabezadas por los movimientos feministas, inciden necesariamente en la lengua dado que los factores extralingüísticos son un importante motor en su evolución. El cambio es consustancial a las lenguas y estas, como obras humanas, deben dar cuenta de la sociedad que las acoge. Los comportamientos lingüísticos son símbolos de la realidad social y, por tanto, las desigualdades que se constatan son indicios de que es preciso cambiar una situación que es externa a la propia lengua.

Conclusiones

Se ha afirmado que la discriminación de las mujeres tiene múltiples manifestaciones, y una de ellas es estrictamente lingüística, y es cierto. Se ha afirmado que la lengua es sexista, e incluso se ha llegado a propugnar la reforma de la sociedad a partir de la reforma del lenguaje, pero no hay que dejarse confundir por las palabras: existe indudablemente el sexismo lingüístico, que en gran medida produce el silenciamiento y la ocultación de la mujer, pero una cosa es que el lenguaje refleje una cultura sexista, lo que es obvio, y otra que el sistema de la lengua sea sexista en sí mismo: la discriminación no se instala en el nivel lingüístico, sino en el nivel pragmático.
El lenguaje es una capacidad compartida por todas las personas, cualquiera que sea su sexo biológico, su orientación sexual y su identidad genérica, y en el propio sistema de la lengua, como repertorio que es de posibilidades, se encuentran los recursos y los mecanismos para usos lingüísticos no discriminatorios. En tanto que sistema, es creativo y en ello reside su riqueza y su vitalidad.
Las palabras no son irremisiblemente deterministas ni inexorablemente un instrumento de dominación masculina: entenderlo así supondría ignorar la capacidad humana, la de todo ser humano, cualquiera que sea su sexo biológico, su opción sexual y su identidad genérica, de elegir y actuar lingüísticamente. Las palabras no significan independientemente de la enunciación humana: están sujetas a la interpretación de cada cual, al rechazo o a la aceptación, según el contexto, y están sometidas también al tiempo y al espacio. El poder de la lengua deriva del poder de quienes la usan y, en el proceso, dan forma al significado. Lo poderoso no es la palabra, sino el proceso de asignación. Es, por tanto, el usuario del lenguaje el determinista, y no el sistema. Y nos hacemos poca justicia las mujeres si sugerimos que no tenemos el poder racional para resistir la inercia lingüística y al mismo tiempo implicamos que la capacidad lingüística para manipular en beneficio de un sexo es exclusiva del varón: es perpetuar el mito de la incapacidad femenina y contribuir, sin saberlo, al silenciamiento de la mujer.
Para romper el mecanismo de ocultación de la mujer que puede darse por el empleo reiterado del masculino genérico, se han apuntado diversas alternativas, pero solo el uso de genéricos, colectivos y algunas formas no sexuadas (quien, quienes...) tienen visos de sobrevivir. Esto es porque es la única capaz de resolver la discriminación sexual, ya que actúa en la mentalidad colectiva reforzando la idea de personas antes que mujeres y varones, y porque no atenta contra las tendencias evolutivas y el uso de la lengua. Así vemos que, a la hora de enseñar el género debe hacerse como una marca gramatical, no por medio del significado.
Como conclusión tenemos que en todas las comunidades lingüísticas y en todas las épocas ha sido la sociedad, y no la lengua, la que discrimina o no, por tanto, el problema de la inclusión o no inclusión de las mujeres en el masculino genérico, no reside en la lengua, sino en la mentalidad de los hablantes.

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