Tan lejos, hoy, de aquello,
pervive sin embargo tanto entonces aquí,
que ahora me parece que no fue ayer
un sueño.
Ángel González.
La lengua no dice, hace. Las
calles por las que pasa el 132 que me lleva a la misma puerta de mi futuro me
sonríen con el sol cada día a las 8.03 de la mañana; comienza un día más.
El
teatro de mi vida se confiesa triunfante en la batalla y proclama a los cuatro
vientos que, finalmente, el libro ha acabado bien; han triunfado los buenos y,
a partir de ahora, cada martes a las 8.30 am me esperará Lorca en un papel
pegado en la pared: “La poesía no quiere adeptos, quiere amantes.”. He llegado
a la conclusión de que el trasfondo de todo esto es eso, amar cada imagen que
se cuele en mi retina desde aquí hasta dentro de cuatro años, porque a lo mejor
el amor es vivir todos y cada uno de los siglos pasados arropándome con las
páginas y bebiendo de los sentimientos, principios, vicios, virtudes, críticas
y creencias que cada uno de los amantes de la lengua quiso plasmar en papel. A
lo mejor, el amor es ver la pupila azul que describía Bécquer; o sentir por
dentro el frío de la cárcel en la que encerraron a Cervantes; o recitar a
Petrarca; o, quizás sólo sea el placer de saber que voy a vivir en la
literatura, si no todos, muchos años de mi vida.
“La poesía es la voz del que se sabe
vivo y mortal, lo dice Blas de Otero,
y en conclusión, señores, el poema
no nace del esfuerzo de hablar solo,
es la necesidad de estarle hablando
a una silla vacía.”
Luis
García Montero.
Quizá
es que he tirado la piedra lejos, fuera del camino, o que la voy dando patadas
al andar –haciendo camino, a lo Machado- pero ando y no dudo ni un momento
porque puede que la vida sea más llevadera al ritmo de un verso. Desde luego,
ya han empezado mis andanzas en busca del verso libre que me marque el ritmo y
no hay quien me pare.
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