Las buenas
costumbres no deben perderse nunca y yo ayer me sentí como en casa,
creedme. Fue llegar y ver la luz que me
ha guiado todos estos años, la esperanza de saber que todo sigue igual y la
desilusión de sentirte fuera de esas paredes, aun estando muy dentro. Ayer fui
el gorrión que vuelve al nido, porque todo lo que te marca siempre perdura y
nunca he sido tan feliz como subiendo esas escaleras, otra vez.
Dicen que todo
pasa y pesa hasta que deja de pesar, te olvidas y rehaces tus días en otros
espacios, otro tiempo, otra compañía, pero el solo pensamiento de no volver a
sentarme en esas aulas me hiera un poco por dentro, miento, me hiere bastante.
Sí, las buenas nuevas etapas, la vida universitaria como la mejor época, sí;
pero me siento tan ligada a mis últimos once años que me resulta tarea
imposible reinventarme y dejarlo todo atrás sin más recuerdo que una carta
donde intenté resumir todo lo que han sido y serán siempre para mí, porque uno
es de donde hace el Bachillerato, ya lo decía Max Aub. Tras la oleada de recuerdos de ayer, no pude
evitar releer dicha carta porque sigo pensando que es la mayor cantidad de
frases sinceras que he escrito en mi vida, porque fue así, tal y como está plasmado
y hoy, me veo obligada a añadirla aquí, quizá porque me hace falta volver más
de vez en cuando, quizá porque una parte de mí sigue allí.
<< Esto se acaba. Y no quiero parecer tajante y
fría porque, en realidad, soy la más sensible con estos temas pero llevamos
nueve meses ansiosos porque esto termine y ahora, al menos yo, es lo último que
quiero y soy incapaz de asumirlo.
Este curso ha sido cerrar los ojos en septiembre y
abrirlos a 20 de mayo. Como separarnos sin avisar ni darnos tiempo a reaccionar
de todo a lo que llevamos unidos once años. Llevábamos arropaditos tanto tiempo
que este segundo de Bachillerato ha sido como los cinco minutitos antes de
salir de la cama, como el “¡Espera, Luis, espera!” al terminar un examen porque
no te da tiempo a acabar el tema de Neoclasicismo, qué novedad.
Pongo la mano en el fuego y no me quemo si digo que de
aquí me llevo lo mejor que tengo: libros útiles que probablemente no vuelva a
utilizar y otros de los que no me separo; personas que llegan sin avisar y se
adaptan al corazón como la música a las teclas de un piano; que nunca está de
más entregar algún comentario voluntario, no vaya a ser que le falten; que el
Día del Libro solo es viable la lectura de El
Quijote y de Platero y yo; las primeras y últimas nociones
sobre El
Señor de los Anillos, Star
Wars y demás frikadas a manos de un
único profesor, que tiene mérito; que Sevilla, para nosotros, no es Sevilla sin
un profesor de química que nos cante con una guitarrita rosa en medio de una
plaza; un correo que va a coger telarañas por el desuso sin que lleguen temas
ni imágenes comentadas; que hay sobrinos de cinco años que hacen nuestros
exámenes de filosofía en media hora; y, sobre todo, me llevo unas amigas que
deberían cotizar por existir. Porque, una cosa os voy a decir, la labor docente
intachable pero casi lo mejor que me ha dado el Gredos son ellas, gracias a esa
labor docente intachable.
Envejecer, cumplir años: once van ya y paramos de
contar. Personalmente, acaba la mejor etapa de mi vida, la más influyente, la
más sufrida y la más sentida. Parece mentira que hace tres días estábamos
entrando en el colegio mientras Domingo ponía las pizarras; hace dos llegábamos
a la ESO- etapa difícil dónde las haya-; ayer empezábamos Bachillerato y hoy
dejamos el lugar en el que hemos crecido, que nos ha visto ganar y nos ha
enseñado a perder. Nos vamos de esta nuestra segunda casa, dejando nuestra
niñez y adolescencia en estos pasillos, con la certeza de volver y la nostalgia
de que ya nunca vaya a ser de la misma manera.
La peor parte es esta, que quienes nos vamos somos
nosotros, y me parte en dos pensarlo mientras veo que las manecillas del reloj
giran y yo no puedo pararlas. Sin embargo, no espero una, espero trescientas
despedidas y sus respectivos trescientos reencuentros porque no me cabe duda de
que voy a volver, lo que tengo es un miedo a crecer que me echa hacia atrás y
me devuelve a todas y cada una de las clases que ya echo de menos.
Ahora, cuando dejo mi tierra, me da miedo mirar atrás
y ver algunos errores que no han servido para más que para darme cuenta de que
la vida no es más que una lucha, que yo no sé luchar –pero que todavía me
mantengo en pie por cuatro versos que hacen que siga- y que respirar a veces
puede ahogarte. Y por eso odio tan profundamente las despedidas, porque llevan
un mensaje subliminal que grita que puede no haber un mañana, porque de todos
los vocablos que me llevan al cielo, la única palabra que me da miedo es
“adiós”.
Por H o por B las despedidas
siempre acaban siendo tristes y acabo con alguna lágrima asomando así que antes
de que eso ocurra sabed que esto es solo una pequeña parte de lo que todo esto
ha sido para mí, porque las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir
desborda el alma y que pese a todo y con todo lo que de aquí nos llevamos,
siempre nos quedarán estos días azules y este sol de la infancia.
Muchas gracias a todos. >>
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