A Luis, María, Andrea,
Marta y Paula
por nadar en mi fondo y
ayudarme a encontrar lo que de verdad quería.
Quizá
todo haya sido por un arrebato, por un minuto de lucidez en esta locura digna
de Quijote o simplemente por encontrar en mí eso que veía muy de lejos y que ha
resultado ser lo único que me hace feliz. A estas alturas, pero ya sólo de vez
en cuando, atormento a alguna de mis amigas preguntándome “¿Y si es un error?” y todas repiten la misma respuesta: “-Puede, pero ya no puedes hacer nada, estás
matriculada, Andrea.” A dos semanas de que empiece esta nueva etapa, sigo
sin estar segura pero sí emocionada.
Salgo
de un duro Bachillerato de ciencias –con su química, su biología y todas esas
cosas que requieren cuentas y/o microscopio y, además, muchas ganas de dibujar
orgánulos- con la idea de hacer el grado de psicología en la Universidad
Autónoma de Madrid. Pese a esta pesada carga biológica en mi expediente, de vez
en cuando, buenas amigas me recuerdan que siempre he sido de letras, quiera yo
o no. Y efectivamente, después de mucho pensar y admirar profundamente a los
dos profesores de lengua y literatura que más me han enseñado, a una semana de
las pruebas de Selectividad me planté en medio del camino decidida a cambiar la
trayectoria: “Me meto a filología
hispánica, está decidido”.
Y así,
aquí, porque la literatura –como el arte en general- es la demostración de que
la vida no basta, me adentro en el universo de las jarchas, las coplas manriqueñas,
las cimas místicas de San Juan de la Cruz y Santa Teresa, el lazarillo,
Polifemo y Galatea, Quevedo, el romanticismo de Larra, el esperpéntico
Valle-Inclan, Lorca y su amor oscuro, romancero y en Nueva York, el único
argumento de la obra de Gil de Biedma y el Max Aub que me recuerda una y otra
vez el origen de mis pasos; ‘Uno es de
donde hace el Bachillerato’.
Por mí,
por las fuerzas que me habéis dado cuando a mí me faltaban, prometo jamás
apartarme del camino, nunca decir no puedo más y aquí me quedo.
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